A 50 años del golpe: el plan Martínez de Hoz visto desde la sala de máquinas


Un reciente libro del economista chileno Sebastián Edwards, El proyecto Chile, muestra un aspecto crucial de la política económica del dictador Augusto Pinochet, la cohesión interna de su gobierno en materia de política económica aún en medio de marchas y contramarchas en la lucha contra la inflación que tuvo como talón de Aquiles una crisis fenomenal de deuda en 1982. Pinochet logró sostener un cambio de rumbo económico tras la experiencia de Salvador Allende que dejó una inflación anual arriba de 500% y en la que Edwards distingue tres etapas para el período que fue de 1974 a 1990.
Sin duda no puede decirse lo mismo para el caso de la dictadura argentina. Su conducción de la política económica estuvo lejos de ser ordenadora y de hecho dejaría una pesada herencia para el regreso de la democracia en 1983.
¿Qué elementos sostienen esta lectura?
Primero, dentro de las Fuerzas Armadas había dos miradas distintas sobre el futuro del desarrollo de la economía. Una de corte nacionalista y desarrollista como la de la Armada y el Ejército, y otra “Liberal-Aperturista” liderada por el Ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz y respaldado mayormente por Jorge Rafael Videla, que buscaba una transformación estructural profunda.
Segundo, entre el Ministerio de Economía y el Banco Central no solo había diferencias de visión económica sino también de peso en el proceso de toma de decisiones. “Contaban con mejor información y tenían mejor formación”, reconoció alguna vez Alejandro Estrada, el secretario de Comercio. Así como Videla tenía confianza ciega en Martínez de Hoz, este confiaba a morir en Adolfo Diz. La política cambiaria de 1978 para bajar la inflación (la tablita) fue ideada y pensada por el Banco Central, específicamente por Diz (presidente) y Ricardo Arriazu (asesor).
En las reuniones del equipo económico participaba siempre un militar. La dinámica de los pasillos del Ministerio era signada por un riguroso protocolo. Martínez de Hoz llegaba al quinto piso (donde estaba su oficina) por escalera. Los ascensores solo se detenían en el 4 o 6 piso. “Está vedada toda posibilidad de detenerse, transitar y concretar reuniones no sólo en cualquier local sino también en los pasillos, las oficinas y hasta las escaleras”, decía el documento número 1 del plan de seguridad del Ministerio de Economía.
La herencia del déficit y la apuesta por los mercados
En marzo de 1976 la inflación había sido 37%. Y el Banco Central financiaba el 76,1% de un déficit fiscal que en dos años se había duplicado y ahora equivalía a 13,8%. No había cómo pagar la deuda y en marzo el FMI había recomendado hacer una reestructuración de los vencimientos y así se lo propuso a Martínez de Hoz.
En abril de 1976 estaba en Montevideo una misión del FMI. “El staff nos ofreció trasladarse a la Argentina para asistirnos en la decisión de las medidas más apremiantes que debieran tomarse”, contó Martínez de Hoz en su momento. “Les agradecí esa oferta, pero les dije también que no necesitábamos tal ayuda porque teníamos nuestro propio programa”.
Martínez de Hoz evitó una crisis de balance de pagos gracias a lo que en septiembre de 1976 el presidente del Banco Mundial describió como “una monumental operación de financiamiento“. En tres meses y tras recorrer Cancún, Washington, Nueva York, Londres, Madrid y Zurich desplegando sus contactos, el ministro logró lo que sus antecesores no habían podido en los años anteriores: refinanciar las deudas y conseguir recursos frescos para los próximos cinco años.
“Martínez de Hoz: a firm step forward”, señaló el editorial del Buenos Aires Herald en abril de 1976. “Las políticas y las medidas definidas sin lugar a duda servirán para restaurar la confianza”. La sección de economía de La Opinión decía tras la gira de Martínez de Hoz “se están dando los primeros pasos para recuperar la confianza perdida”.
Sin embargo, y al igual que con el peronismo años antes, el gobierno militar no cumplió los objetivos del acuerdo stand by que firmó con el FMI a fines de 1976. Pero el organismo estaba interesado en apoyar y mantener su influencia porque Argentina había adoptado el camino correcto -el déficit fiscal había bajado a 10% en 1976 y 4% del PBI en 1977-.
La ideología siempre tiene un sesgo en las políticas económicas y este no fue la excepción. Se aprobó una reforma financiera que desreguló los mercados bancario y financiero poniendo fin a las tasas de interés negativas y los controles del Estado una combinación que los economistas llaman represión financiera. La idea del equipo económico fue que las empresas se fondeasen en el mercado.
La reforma estuvo influenciada por los trabajos de los economistas de la Universidad de Stanford, Edward Shaw y Ronald McKinnon, que argumentaban que encajes bancarios altos, los programas de crédito para estimular determinadas actividades y el control de la tasa de interés estimulaban la ineficiencia y la corrupción. La reforma creó un fenomenal apalancamiento de la deuda.
Por su parte, uno de los padres de la Universidad de Chicago, Arnold Harberger, que siguió el caso chileno de cerca, pasó por Buenos Aires en 1978 y tomó una posición en la interna entre Videla (pro apertura) y Emilio Massera (pro proteccionismo). “La Argentina hace bien en no financiar incentivos a una determinada industria”. De vuelta: no fue el caso chileno donde Pinochet no privatizó, por ejemplo, Codelco.
Efectivamente, a medida que las tensiones por la inflación no desaparecían, la esfera de influencia y poder de cada fuerza militar complicaron la toma de decisiones. El Ejército y la Fuerza Aérea no solo ya objetaban la apertura y desregulación de la economía sino que tenían un especial interés en la continuidad del complejo militar-industrial. El ex secretario de Hacienda Juan Alemann confirmó la existencia de estas presiones.
Dicha oposición privó al equipo económico de Martínez de Hoz del control total del aparato del Estado, bloqueó decisiones y forzó a la Junta Militar a reclamar permanentes explicaciones al ministro. Para aminorar esas tensiones aparentemente se le permitió a las fuerzas aumentar su compra de armas en el exterior y financiarlas con préstamos. El déficit fiscal total aumentó de 4% del PBI en 1977 a 11,3% en 1981.
Una de las escasas comuniones en materia de política económica de aquel gobierno fue el pedido del Ejército y la Armada a Martínez de Hoz de bajar la inflación luego de haberse instalado en una meseta en 1977. Pero con una condición: no debía provocar un aumento en la tasa de desocupación. Por diferentes motivos pensaban que más personas en las calles no era el mejor panorama que podían enfrentar.
“Los militares le tenían terror a la recesión”, contó una vez José Martínez de Hoz, el primer ministro de Economía de la última dictadura. “Veían un desempleado como un guerrillero en potencia”. La solución que propuso Martínez de Hoz fue una que se ideó en el Banco Central pero que más tarde se popularizó como La tablita de Martínez de Hoz
Fuente: www.clarin.com



